sábado, 16 de noviembre de 2013

Veo veo: un encuentro.


Donde me encuentro, y donde me encuentro con alguien. Veo una mágica intersección.

I
Me encuentro cuando hay silencio. Cuando me pierdo y lo único que escucho es mi corazón latir. Cuando cierro los ojos y entonces veo tanto. Me encuentro cuando contemplo el océano. Cuando me sumerjo en lo más hondo de una explosión acuática. Cuando bailo mi canción favorita y la canto en voz alta. Me encuentro en medio de un concierto, saltando en las notas más altas. Cuando veo a los ojos cualquier criatura. Me encuentro cada vez que tengo miedo y cada vez que soy valiente. Cada vez que amo. Me encuentro cuando descubro tantas respuestas, aun teniendo tantas preguntas. Y entonces puedo escribir.

II
Érase un día, aún hoy no sé cuál. No recuerdo el año, pero puedo suponer el mes y quizás la hora.

Diciembre, cerca de las cinco de la tarde, hoy lo creo por la forma en que la iluminación del sol cubría su rostro. Era un sol interrumpido, callado, tranquilo. Pero dentro de la imaginería, él sigue hablando y no le presta ni la más mínima atención. Para él la vida sólo sucede, mientras yo le aprecio cada instante; moviendo sus labios con gran velocidad, sus ojos brillantes, sus manos deseando arrancar el aire que conformaba el espacio invisible; el tiempo pasa y pienso: ¡qué plena es su juventud!.

Unos labios abrazables desde cualquier momento, al día o la noche, ellos siempre fueron mi tentación. Y los ojos, grandes, expresivos, virtuosos, destellan vida a través del rayo que los cruza, un café soleado se asoma debajo de sus párpados y proclama savia en totalidad. Sus manos, fuertes, son el reflejo de mi salvación mientras me sostiene.

Y es entonces que empiezo a recuperar el sonido de su voz, no importa lo que ha dicho en alto, sino sus ojos tan ahogados en grito sustancioso. Empiezo a escuchar, pero nada es tan exquisito como aquél momento en que me soporta la mirada y después mira todo alrededor con tal asombro. Inmersos en una de las ciudades más grandes del mundo, llena de mares de sonidos, aun así yo siempre hallé su voz.

III
Fuimos a un templo de arte vanguardista. De arquitectura espectacular, ilegible y geométrica  como y sólo para nosotros, en nuestra pequeña burbuja. Después de tantas cosas sin sentido, hallamos nuestro solar: el cuarto del sonido; tapizado de muros compuestos de madera. Patrones lo decoraban y el aroma se hacía suave. Sobre su alfombra nos sentamos a escuchar, justo al centro. Voces del mundo giraban en círculos a nuestro alrededor. Y aunque éste algo nos decía, sólo podíamos escucharnos: él y yo. Nadie más. Bien lo recuerdo, estábamos de forma opuesta; yo viendo hacia un lado y él hacia el contrario. Con sólo el audio envolviéndonos, duró segundos encontrarnos, y en nuestro silencio construido, decirnos poesías y maldiciones, castigarnos, amarnos, perdonarnos y darnos las gracias. Bien recuerdo haberme recargado sobre su hombro. Encontrando parte de mi cura. Devorándole el exquisito aroma y la presencia que por tanto, había sido una larga ausencia.

IV
Cada vez que me lo imagino, entonces yo lo encuentro. Cada vez que hace que de mí emane la alegría y la esperanza, cada que me llena de mágicas fantasías. Lo encuentro cuando ya no tenemos pasado, éste se hace invisible para dibujarnos un futuro.

V
Será en esta vida, en un día bello cuando nos encontremos. Cuando el sol arda, asomándose entre nubes esponjosas, posadas sobre pliegues celestes sobre nuestros hombros; tal como me gusta.
La vida estará aún más llena de esperanzas. Bajo nuestros pies se hallará el mando sobre el universo entero. Alrededor será nosotros y nosotros seremos todo. Seremos más viejos, pero también más bellos. Seremos uno. Mi alma acabará alguna de sus búsquedas. Todo será más lento, más dulce y de calidad extraordinariamente novedosa, porque al fin la distancia entre nosotros no será.



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Otros Veo Veo:

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viernes, 18 de octubre de 2013

Veo veo: Una taza de té

Recorría en mis pensamientos, en mis recuerdos. ¿Dónde hay una taza de té? Entonces emanaron diversas ideas. De pronto se simplificaron a té, alborotadas.

El té negro del que me han hablado tantas veces y no he probado, el té Thai que algún día probaré contigo. El té de canela que me embelesa el sentido, el te de limón que a mi hermana tanto le gusta y a mi no... El té de manzanilla, que para mi, a eso solía reducirse un té. El té helado, tan simple. El té que se bebe en el Reino unido a horas estrictas, el té del que se hace ritual en países del Oriente. 

El té...hasta la palabra es bonita. Noto en ella flores sobre fondos rojos. Colores cálidos le inundan dentro mío cuando le pronuncio. Me suena a maternidad, a paz experimentada mientras se mira un hermoso paisaje. Me sabe a introspección. 

Entonces recuerdo una escena en específico. Hace unos meses, yo y mi abuelo Víctor compartimos la antecesión a una cena. Bien recuerdo, le preparé una taza de té de limón y yo bebí una taza de leche sabor fresa. Mientras escuchábamos música de paso doble, y me compartía historias de amor sobre la abuela. Lindas historias, en las que desde entonces ya declaraba su amor de forma escrita. Me contó que casi no la veía, que casí no hablaban en público; que sustanciosamente la conquistó con palabras, poesías. Era entonces, que dejaban sus cartas por debajo de una piedra, cerca de la ventana de su casa. En un pueblo pequeño, la novela se hizo realidad. Era una relación del pasado que ahora, en parte me resultó parecida a esta época. Donde las intenciones se transforman en pensamientos, éstos en acciones y luego en palabras, las que se van reduciendo a signos. Qué curioso me parece a veces el juego del tiempo, las formas de llegar al corazón de alguien,  se van simplificando repentinamente. 

Fue una taza de té, que como la mayoría son tan cortas. Viajas más, retomando el pasado o futuro mientras ésta ya está a punto de terminarse. Son como dulces pasajes, tickets cortos, billetes fugaces que nos llevan y nos traen de vuelta, hacia algún lado, hacia algún saber. 

Las tazas de té...siempre he querido comprarme un juego lindo. Seguro que cuando vaya a China encontraré uno muy tradicional. Veo veo una taza de té. Esa que comparto contigo y conmigo. Compartimos el billete? 


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Otros Veo Veo:
Con los pies por la tierra   
Veo Veo una taza de té de Belén Benarós
Rumbeando por ahí
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Veo veo: una taza de té estigmatizada
Pensadora
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Rincones con color
Ir andando

domingo, 15 de septiembre de 2013

Veo Veo: Mapas


Al menos hoy, reconozco dos tipos de mapas.
El retazo de papel impreso, que te conduce hacia algún lugar  (del que me paso criticando los diseños) y el mapa que te conduce a ti mismo. Éste de alguna forma se torna falto de material, pero es clave.
Retomando el primero, recuerdo una muy grata experiencia.
Era la ciudad de Buenos Aires, acababa de despertar y me encontraba sola en la habitación de un hostal, al parecer situado en alguna calle con un nombre de escritor, hoy ya no recuerdo cuál era. Ambiente agradable, cálido y pulcro. Me levanté y el día se hallaba nublado. Recuerdo bien, que sentí miedo de haber perdido el día, pues estaba todo muy oscuro. Sentí un alivio, cuando divisé que eran alrededor de las 11 de la mañana. Aunque había hecho la promesa de despertar a horas tempranas para ir a hacia algún lado y acompañada, no pude reaccionar. Es entonces que mis compañeros, se habían ido, dejándome una nota en la que había datos, esperando mi llamada para encontrarnos. Sin embargo, por alguna razón interior, quise seguir mi camino.
Me levanté, tomé el desayuno. Y recuerdo bien, pedí un mapa en recepción. Hacia algún lado iría. Era toda mi aventura. Recuerdo haber cruzado a la acera del frente y comprarme unas ricas empanadas, en una linda tienda. Fue tremendamente placentero el calor que emanaron al morderlas, en un día tan frío, alumbrado por esa luz plateada, azulada, preciosa. Recuerdo ir caminando, decidiendo a donde ir, alrededor. Mirando el mapa, mordiendo la empanada; cuando de pronto comenzó a llover, grandes gotas. Todo transcurría, mientras mi mapa se deshacía y yo estaba sola por un momento, en aquélla ciudad enorme. Era libre, podía ir a donde quisiera, hacer lo que yo deseara. Completamente sola. El mapa me hizo sentir de momento muy segura, pero después ya no importaba hacia donde caminara. Experimenté plena libertad, estuve conmigo. El dichoso mapa me hizo de paraguas, me hizo de guía y se convirtió en añicos. Podrá ser que así sucedió, pero en mi memoria aún sigue vivo. Es el sinónimo de la decisión que pudo ser inesperada, en terrenos extraños, encontrándome y disfrutando mi presencia por alguna fracción de tiempo. Queriendo llegar hacia algún lugar, sin saber exactamente a cuál.
Hablando del mapa que te conduce a ti mismo, no tengo duda que se halla dentro de nosotros. Se traduce en lo que es valioso para cada uno de nosotros, en lo que amamos y en lo que nos inspira. Lo maravilloso radica en que este mapa no es impreso, nosotros lo modificamos día a día basándonos en nuestra propia visión.
Los mapas, todos me gustan. Porque expresan aventura, testean tu capacidad de decisión. Significan rutas y experiencias distintas, todas ellas esperando a que las vivas. Qué placer el de leerlos, el de saber que a algún punto llegarás, pero sobretodo, que la travesía tendrá tanto por mostrarte.

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